22 de agosto de 2017

Años luz

Equipaje, de Cristóbal Toral

AÑOS LUZ

Sentado en este banco del paseo marítimo
agotando un día de playa
a la luz indecisa
y declinante del ocaso.
Catorce nacionalidades,
siete ideologías, y un gato
convergen
en este instante
                         que se va.
Patinadores, destinos cruzados,
algún cansado neón hotelero.
Escaparates de distensión,
pieles emborrachadas de salitre,
refulgente y palpable bienestar.
Aquí
        se detiene uno a constatar
con ojos asombrados
la maravilla,
la fastuosa maraña de la vida.
Y, sin dejar de celebrarla,
a un tiempo,
la lejanía trágica,
sideral de
la vida.

15 de agosto de 2017

"La manía", de Andrés Trapiello



Con La manía llego a la decena de incursiones en el Salón de pasos perdidos, los diarios de Andrés Trapiello, que voy leyendo desordenados, a modo de improvisada rayuela cortazariana. Este volumen, de unas ochocientas páginas, lo publicó -como todos- Pre-Textos en 2007, y luego Austral en edición de bolsillo unos años más tarde, en 2013. Se trata del número quince de la serie, e incluye acontecimientos correspondientes al año 2001, el de la caída de las Torres Gemelas.

Disculpen que nos pongamos ligeramente canónicos: el pasado octubre, Babelia publicó una lista con los cien mejores libros en español de los últimos veinticinco años, que encabezaba 2666 de Roberto Bolaño, y fue precisamente La manía el título de Andrés Trapiello que figuraba en la nómina. Estas listas, ya se sabe, han de tomarse con todas las precauciones posibles, pero lo cierto es que a uno también le ha parecido La manía de los mejores del autor que ha podido leer hasta la fecha, aunque el nivel general de la serie es excelente. No deja de maravillarme el abanico humano que Trapiello consigue sacar a la palestra en cada nuevo tomo, esa mezcolanza de lo noble, lo ruin, la bondad, la bajeza, narrada siempre con maestría, que resulta tan enriquecedora y denota una mirada muy inteligente. 

Escribe Trapiello en el prólogo a El tejado de vidrio que como diarista le gustaría que se dijera de él que todo lo vio "con ánimo generoso, enamorado y compasivo". Esa declaración parece orientarnos, acaso, acerca del tono de estos libros, impregnados también de aliento poético, algo de mordacidad e innegable sentido del humor.

Sobre la naturaleza genérica del proyecto, el autor habla del Salón de pasos perdidos como de una "novela en marcha". Se trata, diríamos, de un texto híbrido. Durante el año en cuestión, escribe en un cuaderno unas páginas que luego alarga o poda, reelabora y reescribe, para darlas al cabo a la imprenta. Esta segunda fase suele ocurrir equis años después (en principio fueron tres, luego el lapso fue ampliándose a cinco, siete, y hasta diez años). Habla el autor de verosimilitud, más que de veracidad. Comenta, si mal no recuerdo, que una mano compone estos libros como diario y la otra los reconvierte luego en novela. Reconoce que no pretende ejercer de notario de la realidad, y que algunos episodios tienen mucho de fabulación. Sobre este aspecto, resulta interesante la conversación que mantuvo con Arcadi Espada en El Mundo.

En La manía, además de los tradicionales domingos de "pesca" en el Rastro, las escenas familiares, descripciones de naturalezas y algún viaje al extranjero, asistimos a encontronazos con Juan Cruz, Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz, Constantino Bértolo... La Guerra Civil tiene cierto peso en el volumen, pues en 2001 Trapiello escribía La noche de los Cuatro Caminos, una historia del maquis, y recoge aquí jugosas escenas acaecidas durante la investigación preparatoria. Aparecen además, como siempre velados por una X, literatos como Javier Cercas, Juan Goytisolo, Javier Marías, José Ángel Valente y una cuadrilla de personajes anónimos que acaban conformando ese fresco humano del que hablábamos. Se trata de un volumen apenas aforístico, en comparación con otros de la serie. 

Escribía Karl Löwith (citado a través de Los cuadernos de Rembrandt, de Jiménez Lozano) que la tarea de los novelistas del siglo XX ha sido evidenciar la nada del ser humano moderno, más que crear un cosmos humano, que es lo que hicieron Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi. Se diría que la obra de Trapiello, sea más o menos apreciada, sí tiene vocación de inscribirse en esta segunda línea de actuación.

Después de tantas páginas, sigo disfrutando con este diario. Seguiremos, pues, leyendo una obra mastodóntica, catedralicia, que alcanza ya los veinte tomos (parece que antes de acabar el año llegará a las librerías el vigésimo primero) y, según autorizados cálculos, las diez mil páginas. Anotada queda La manía para la lista de mis mejores lecturas del año.


El autor fotografiado por su hijo Rafael Trapiello en Las Viñas (Cáceres)

3 de agosto de 2017

Venían calle abajo



Venían calle abajo. Comerciales jóvenes, voceros de las eléctricas. Trajeados y afeitados, engominados y maquiavélicos, con esa aureola de triunfadores y liantes abonada por tantas historias de persuadidos que, justo después de rubricar, comienzan a sentirse engañados.

Desde el bar semidesierto vi acercarse a la dupla. No imaginé que pudieran atracar allí, pero se sentaron en una de las mesas vacías de la puerta. Individuos de apariencia peligrosa, di en pensar, pero luego intenté corregir mi desconfianza, a buen seguro prejuiciosa.

Debían de ser temporeros, pensé, avezados universitarios recién egresados, grumetes contratados para alguna campaña estacional. Sin mayores esfuerzos los atisbaba a través de la ventana medio abierta. Extraían documentos de sus carpetas, señalaban cifras en fotocopias de facturas encabezadas por el logotipo de alguna empresa del IBEX 35, comentaban algo para luego volver a archivarlas. Quizá acababan a aquella hora la jornada y, sentados ante unas cervezas y en aparente soledad, se aflojaron un poco la corbata... y la lengua.

Retazos de conversación franqueaban de cuando en cuando la ventana de reja. Se quejaban los emisarios del oligopolio energético de que no era corriente lo de cierta señora: “X es tonta: no quiere cambiarse, le gusta pagar más”. Se advertía en el tono algo de saña y bastante desprecio, modales atribuidos -por lo general- a ocupantes de otras vestiduras. No cabe duda, por otra parte, de que esa capacidad suya, tan palpable, de saber apartar a un lado la decencia, tan improductiva, para ascender sin reparo, habrá de serles de mucha utilidad y beneficio en esta vida. Pero esta última línea apestará a muchos a insoportable moralina. Con todo, a pesar del evidente sarpullido que a uno le levantaron -no lo oculto-, tampoco dudo de que llegarán lejos en este mundo, y quizá un golpe de dedo les baste, en el futuro, para aniquilar a este escriba bala perdida y con pocos contactos.

El pasmo de uno borboteó cuando, al cabo, en el momento de pagar, me pareció escuchar que los señores trajeados discutían el precio con el tabernero. Por si el choque de Weltanschaaung no era ya suficientemente poderoso, aquello me acabó de revolver el estómago. No sabía si sonrojarme, de puro bochorno, o qué otra salida acometer. Imposible resultó captar los pormenores del regateo, pero al cabo entró furioso el tabernero, tensando la musculatura hasta en las pestañas:

-Precio de guiri, dicen que les he puesto -dijo, y sonreía crispado, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

2 de agosto de 2017

Despertando a nueva vida

Darío de Regoyos, La ría de Bilbao con nieve

  
PARAÍSO EN LA NIEVE


"Cuando la nieve va a llegar, se oye
un silencio en los campos,
un silencio en los cielos.
Luego, van descendiendo densos copos,
los sientes en el rostro como un don
y te vas despertando a nueva vida.

Avanzas en lo blanco lentamente,
avanzas con el peso de lo negro
que siempre hubo en ti,
con lo que hiere y duele y nos enferma,
con todo el mal que en siglos hemos hecho,
con todo el mal que en siglos nos hicieron.
Mas, poco a poco, se aligera el cuerpo
y el alma, extraviada en lo blanco,
espacio es de sí misma.

¡Paraíso en la nieve!
Al fin, ya todo es blanco
en lo negro del hombre.
Hasta el aire tan frío que respiras
te parece de fuego.
Y allí donde se posan tus dos ojos
la luz es una zarza que llamea,
oímos el crujido de la luz."


Antonio Colinas, Los silencios de fuego (Tusquets, 1992).

26 de julio de 2017

Choque de trenes



CHOQUE DE TRENES

A más de un novelista
inspiran los detalles como este.
Los bosques -y quién sabe
si algún lector-
acaso agradezcan que yo
no pertenezca al gremio.
Escena triste:
un padre y su hijo, ayer,
en la estación ferroviaria.
Abrazándose con la misma fuerza
(e idéntico cariño inexistente)
que dos coches que impactan
de frente
en mitad de una tormenta de nieve.
Aquello fue, más que un abrazo
-no engañaban las caras-,
auténtico choque de trenes.

20 de julio de 2017

Súbito viento refrescante



INVOCACIÓN AL VIENTO DE LA TARDE

Súbito viento refrescante
que soplas agitando las livianas
cortinas de la sala en sombras,
inundando de pájaros
y luces sosegadas de sereno crepúsculo
el miedo sofocante varado en el pasillo,
por donde, enfermo, vaga un corazón que se deshoja;
sigue soplando, viento de la tarde,
penetra en esta ruina de hojas enfangadas
y corrupta floresta; que tu aliento
remoto resucite la pasión
de vivir, el coraje necesario
para poder cantar, para poder volar,
incluso apresado en el nido de la muerte.


José Luis Parra (Madrid, 1944), Cimas y abismos. Antología poética (Renacimiento, 2012).

15 de julio de 2017

Tan impasible como siempre



TELEVISIÓN
(Valencia, 1963)


"Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fui al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy; lo grité varias veces muy exaltado, "¡Han matado a Kennedy, han matado a Kennedy!", y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: "¿Y?"."


Relato incluido en Hijos sin hijos, de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), publicado originalmente en Anagrama en 1993 y reeditado luego en DeBolsillo en 2012.

9 de julio de 2017

Cobijo

Wilson Lau


COBIJO

Termina un día nefasto. 
                                      Te tiras 
en el sofá, pones la tele, empieza 
La 2 Noticias. Después de las horas 
y horas sin hablar con nadie, de pie 
en el bus, en la oscuridad del cine, 
en el súper (hola, parking no, gracias, 
hasta luego), la imposibilidad 
continua de abrazo y 
la ciudad que te escupe en las entrañas y 
rótulos y neones en las retinas y 
miradas de indiferencia, agolpándose 
en la mente sin verbalizar nada 
(solo pensamientos...), 

miras ahora la tele, en esa casa 
–más que hogar prolongación 
de la intemperie–, y durante media hora, 
en ese tono, esa cercanía, esa humanidad 
encuentras algo 
no muy diferente a una sostenida 
–y reconfortante– 
sensación de cobijo 
en la que hundirse es tierno.


De Aproximación a la herida (Baile del Sol, 2016).

19 de junio de 2017

La magia de salir del cine



No en todas las ocasiones sucede, pero el momento en que uno vuelve a pisar la calle tras abandonar una sala de cine suele funcionar como una experiencia espiritual de primer orden. Y si ha anochecido en el ínterin, mientras veíamos la película, mucho más. La sensibilidad se aviva, el cerebro chispea pleno de conexiones neuronales, y a las calles se diría que les acaban de dar un par de manos de pintura, pues ahora irradian intensidad a discreción.

El yo que sale del cine pocas veces coincide con el que entró hora y media o dos horas antes. A veces, como si la oscuridad de la sala tuviera efectos reparadores, notamos al reincorporarnos al hormigueo urbano que andamos un poco menos descacharrados, como si nos hubieran entablillado las entrañas, reajustado piezas sueltas, apretado clavijas, limpiado bujías. Tal vez los griegos antiguos acertaron ya a describir todo esto con una sola palabra: catarsis. Tal vez se trate de algo ligeramente diferente, de una de las vertientes de lo sublime. Los cinéfilos sensibles, conscientes de todo esto, recordaremos siempre esos momentos tan especiales de la salida, cuando caminamos al borde de una revelación intuida pero que casi nunca acaece. Comentaremos con otros cinéfilos, en conversaciones de barra de bar, en mitad de un viaje por carretera o compartiendo colchón con la persona que amamos, la naturaleza vaporosa y mágica de esos instantes de reingreso a la realidad tras el paréntesis fílmico, pues al rato ese efecto narcótico que con fortuna nos ha invadido parece desvanecerse.

La experiencia, ese subidón tras el chute de celuloide, alcanza cotas orgiásticas cuando la película maravilla, marca un hito, consigue trastocar nuestra visión del mundo. En esos casos, nunca será uno ya, jamás, idéntico a quien entró dos horas antes, nos han actualizado el software, o incluso el sistema operativo.

12 de junio de 2017

Literatura




   Al viejo Valenzuela lo conocí de niño, en mis visitas al parque. Hombre afable, de pelo blanco, comía pipas y echaba pan a las palomas. A veces hablábamos, y poco a poco me fue relatando historias que incendiaron mi imaginación. Mi madre me dijo que no me fiara, pero en vano: yo no podía desoír el canto de las sirenas. Valenzuela me contó su secreto: una habitación de su casa, al final del pasillo, plena de maravillas: trampillas por las que se accedía a una ciudad subterránea, puertas secretas tras los muebles, que daban a pasadizos y grutas, entre otras atracciones que mi puerilidad agigantaba. No necesitaba explicar mucho; bastaba una insinuación para que yo, influenciado por los dibujos animados, fantasease con ambientes reacios a ser apresados en palabras, de los que me asaltaba únicamente su efecto extático. Valenzuela falleció sin permitirme franquear su cuarto mágico, pensando en el cual a veces me costaba pegar ojo. El velorio se celebró, como de costumbre en el pueblo, en casa del finado. Acompañé a mi madre, y no me fue difícil escabullirme hasta la habitación en cuestión. Para mi decepción, no encontré al franquearla nada de lo que Valenzuela había prometido: solo libros y más libros, dispuestos en estantes que tapaban las cuatro paredes. Fue una contemplación casi humillante. Tardé decenios en convertirme, por derroteros de la vida, en denodado lector. Hasta entonces no pude perdonarle su jugarreta: por fin dejé de ver a Valenzuela como un vulgar impostor.

Jesús Artacho

(Microrrelato originalmente publicado en la web microcuento.es)

4 de junio de 2017

Puede contener trazas de



Qué delicia cuando uno lee los ingredientes de algún alimento y llega a eso de: “puede contener trazas de crustáceos, albaricoque, lomo de papagayo tolteca o huevo de Diplodocus”. Piensa uno: pero si solo se trata de una barrita de chocolate… 
En ese contexto serio, la vaguedad del puede, esa ambigüedad deliberada, dinamita ipso facto el clima de rigor. Sin necesidad de acudir a deportes extremos, menudos lingotazos de adrenalina los que deparan ciertos etiquetados.

28 de mayo de 2017

Manual para mujeres de la limpieza





Ya se sabe que un sector de la población, que no sé si coincide con ese que lee poco, acostumbra a juzgar los libros por su título. 
-¿Qué lees? 
-Las flores del mal. 
-¿Y por qué no las del bien
Y así. 
El título de este libro, que a algunos parece sexista, es el de uno de los relatos que contiene este volumen de Lucia Berlin. Los editores lo eligieron para coronar la antología. Que entre los relatos que la componen se encuentren títulos más evocadores, menos disuasorios, que también podrían haber valido como título general, ya es otra historia.

Lucia Berlin nació en 1936 y murió en 2004. De nacionalidad estadounidense, tuvo cuatro hijos, fue alcohólica y se rehabilitó, desempeñó diversos oficios, entre ellos el de profesora, el de enfermera y el de limpiadora. En vida publicó 76 relatos. La mayoría quedaron recogidos en tres libros, pero ninguno de ellos gozó del alcance que ha tenido esta recopilación póstuma, que ha multiplicado el número de lectores de sus historias. No fue tan desconocida en vida como otros casos más flagrantes (véase Fernando Pessoa), pues tuvo premios, reconocimientos, publicó, pero sí ha copado tras ver la luz este libro un lugar muchísimo más visible, hasta el punto de que algunos han llegado a hablar del "fenómeno" del descubrimiento de Lucia Berlin. Y aquí uno que se alegra, pues la de Berlin se antoja buena literatura, casi indispensable para quienes aprecien el género del relato corto. 

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) contiene 43 textos de corte realista. Por ellos pululan alcohólicos con el mono, madres luchadoras que pasan horas muertas en las lavanderías, jóvenes que envían a su novia embarazada a pillar algo de droga al otro lado de la frontera mexicana, personas que se conocen por casualidad y entablan una entrañable amistad. Berlin usa, cómo no, elementos biográficos para confeccionar sus historias, aunque ya avisa Lydia Davis, que prologa el volumen, que sus narraciones no sirven para conocer realmente a la autora. No obstante, los nombres de personajes que se repiten, las protagonistas llamadas Lucía..., contribuyen a que veamos la producción cuentística de Berlin, por momentos, casi como una autobiografía ficcionada. A propósito, Davis menciona el concepto de autoficción, que se ha puesto tan en boga posteriormente.

De sus historias destacaría la intensidad que desprenden. Tienen nervio, son hondas, sencillas, auténticas. Narran epifanías, anécdotas determinantes, bien seleccionadas. Etapas o acontecimientos cruciales en la vida de las personas. Berlin puede contar cosas terribles sin énfasis, sin dramatismos, sin florituras. Se revela una buena observadora, atenta a los detalles significativos que a la mayoría pasan inadvertidos. En sus textos hay conflicto, hay complejidad. 

Desde las primeras páginas comprendemos que habremos de aceptar, pues, entre nuestros cuentistas estadounidenses predilectos, junto a Carver, Shepard, Bausch, Cheever, etcétera, a Lucia Berlin.

Algunos fragmentos:

"Si algo he aprendido es que cuanto más enfermo está un paciente, menos ruido hace".

"Odio esa idea... Estar orgulloso de los hijos, ponerse medallas por lo que ellos han logrado. A mí me caen bien mis hijos. Son cariñosos, son personas íntegras".

"Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza."

"Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento".

7 de mayo de 2017

Un sol ¿de justicia?



Hablamos de un sol de justicia para referirnos a un sol inmisericorde, inhumano, heridor, casi vengativo, de modo que a veces uno se pregunta qué imagen de la justicia teníamos cuando se acuñó tal expresión y cuál proyectamos al utilizarla, y si verán todo esto con buenos ojos, o bien con clamorosa indiferencia, los miembros de la judicatura, a los que no imagina uno artífices de esa asociación de palabras.

Por otro lado, aun en el supuesto de que les desagradase, como cada día les van quedando menos atribuciones, de las que de forma invasiva se apropia el poder político, tampoco creo que ostenten prerrogativas suficientes para suprimir la locución, tan arraigada en el repertorio de lugares comunes del lenguaje. No obstante, si aun así tuviesen jurisdicción en estos ámbitos, me tomo la libertad de proponer, ya que estamos, alguna alternativa que considero que podría conseguir buena aceptación entre la gente.

En lugar de un sol de justicia, se me ocurre que podríamos hablar de un sol de banquero, cuando queramos señalar que no perdona. El gremio financiero anda, me parece, más desprestigiado aún que el jurídico (iba añadir “y que el político”, pero no quisiera pecar de imprudente). “Los banqueros son esos seres que os dejan el paraguas cuando hace sol. Cuando llueve, es un poco más difícil...”, se leía ya en El cuaderno gris.

El ámbito Hacienda también genera amplios sentimientos de oposición, contribuyendo al hermanamiento ciudadano en cualquier conversación que se precie, de modo que al urente sol estival podríamos denominarlo, por qué no, un sol del fisco.

Parecen expresiones estúpidas, pero cosas más imbéciles se han asentado en nuestro repertorio lingüístico sin que nos diéramos cuenta, impregnadas de validez por el único -pero persistente- efecto de la repetición. De modo que aunque ahora se ría el lector (y hasta yo mismo) con estas locuciones, una vez incorporadas al acervo lingüístico, en cosa de meses acabarían pareciendo perfectas, casi tanto como esas piedrecitas que va puliendo el oleaje, hasta convertir sus aristas en suavísimos contornos como de ensalivado caramelo.

Un sol terminal podría ser otra opción, mucho menos atractiva pero que a fin de evitar el masticadísimo sol letal podríamos dejar a mano, por si acaso, en el segundo cajón.

También, se me ocurre, podría probarse fortuna con un sol fundamentalista, pues en verano, en nuestras coordenadas geográficas, no conoce otra que la obstinación y repele cualquier tipo de duda o autocuestionamiento, mostrándose a todas horas implacable, horneando a piñón fijo.

Vale. Dejo ya de quemar al lector. 

13 de abril de 2017

Breves



          VIDA DE NOVELA
En algún momento tendremos que empezar a firmar no ya la promesa de una vida de novela, sino la de una vida como la de la novela, que continúa en buena forma tras haberse anunciado no digamos su crisis, sino su misma muerte, cada diez congresos de literatura durante los últimos -pongamos- ciento diez años. Menuda agonía más pletórica.

NO TAN LIBRE
Actuaron unos músicos. En los folletos anunciando el show decían: entrada libre. Tocaron. Al terminar, pidieron unas monedas a los asistentes para futuros proyectos y se pusieron en la puerta a recogerlas a quienes tuvieran a bien colaborar. Quizá en el folleto, pienso -y me río solo-, junto a “entrada libre”, deberían haber advertido: “salida no tan libre”.

            BIBLIOT-ECONOMÍA
Biblioteconomía, curioso vocablo. Comienza refiriéndose a las bibliotecas y termina asentado en la economía. Parece un chiste malévolo que quisiera demostrar que nada se libra del capital. Ni la espina dorsal del conocimiento, tan impagable.

8 de abril de 2017

La lluvia amarilla



La lluvia amarilla (1988) es la novela más descaradamente poética que recuerdo haber leído en mucho tiempo. Los párrafos de los que se compone este monólogo, articulado por el último habitante de un pueblo oscense a punto de desaparecer, parecieran más bien estrofas. Aparte del lirismo en el tono y en el clima, encontramos multitud de rimas y la novela avanza a menudo a golpe de endecasílabo, a poco que rebusquemos entre la hojarasca. Tomemos un ejemplo:

"Sobresaltado, desvié la mirada hacia la lumbre. Los troncos crepitaban doloridos y, a su lado, la perra dormitaba mansamente, ajena por completo a mi mirada." (Las cursivas y negritas, que son mías, pretenden destacar los cuatro perfectos endecasílabos  -tres heroicos puros y un melódico puro, si nos ponemos técnicos- en apenas dos líneas).

El ritmo, tan afinado, así como las rimas internas en las frases (en su mayor parte asonantes), pueden llegar a mecer al lector con su música. No en vano, Julio Llamazares había publicado antes de esta novela un par de libros de poemas. En La lluvia amarilla se percibe, desde luego, un escritor con el oído muy hecho a la poesía.

El tema de lo que se ha dado en llamar "la españa vacía" ha tomado últimamente cierto relieve, a raíz, imagino que principalmente, del ensayo homónimo de Sergio del Molino publicado por la editorial Turner. El propio Llamazares, como advierte la solapa, nació en el pueblo leonés de Vegamián, ahora desaparecido a causa de la construcción de un embalse, y se ocupó de la cuestión hace pocas semanas, sensible al tema, en un artículo en Babelia. El programa de Jordi Évole también dedicó hace poco al asunto de la despoblación rural uno de sus capítulos. A este respecto, mencionaremos asimismo la magnífica película documental de Mercedes Álvarez, El cielo gira.

Por situar argumentalmente la novela, La lluvia amarilla, como decíamos, consiste en el soliloquio del último habitante de Ainielle, un pueblo del pirineo aragonés, que rememora vivencias e historias inmerso en un paisaje solitario, abandonado, en el que se aprecia la herrumbre, los desconchones, testeros derruidos y cimientos a la vista de antiguas casas donde han crecido la hiedra y las ortigas. El peso del pasado, de lo que se recuerda con mayor o menor añoranza, se impone en una novela de corte melancólico y ritmo pausado que evidencia el apego a la tierra. El título, por cierto, alude al otoñal caer de las hojas de los árboles, chopos como los que aparecen en el cuadro de Monet de la portada.

6 de abril de 2017

Simplificación



SIMPLIFICACIÓN

Las deportivas made in Bangladesh de la diva del celuloide, que emana olor a crema cara, se impregnan de la tierra etíope. El profesor autóctono, barruntando que no busca la actriz con su visita más que un lavado de imagen -tras un tiempo de promiscuidad, desenfreno fiestero y coqueteo con drogas duras-, se ofrece al halago como a su pesar:
-Por sus películas, esta señora ha ganado un Oscar de Hollywood, y ha interrumpido su actual proyecto para estar con nosotros. Es un gran honor tenerla aquí.
Los niños la observan desde los pupitres. Alguno que otro se admira, y muestra una sonrisa se diría inoxidable. Hay un alumno un tanto respondón, con un desparpajo indómito, sentado casi en la última fila. En su mirada, un alud de vida cabrillea. Lanza al aire unas preguntas, que casi nadie atiende:
-¿Qué es Hollywood? ¿Por qué tiene la cara inflada? ¿Quién es Óscar?

© Jesús Artacho
(Microrrelato originalmente publicado en la web microcuento.es)

24 de marzo de 2017

En busca del tiempo perdido: 2, "A la sombra de las muchachas en flor"



Últimamente comento pocos libros. No tenía muy claro qué hacer con este, pero vi que aconsejaban un tema viral como método infalible para atraer visitas y me dije, he aquí la solución: En busca del tiempo perdido. Proust y su obra magna en siete tomos, ya se sabe, es el tema estrella de conversación en bares, salas de espera y fruterías. La comidilla de cualquier hijo de vecino. 

Mi modo de leer esta obra autobiográfica, considerada una de las cumbres del siglo XX, probablemente sea un ejemplo de lo que no se debe hacer, pues hará cuatro años que leí el primer volumen, Por la parte de Swann. Un acercamiento, pues, disperso y poco metódico. Quizá se deba a que "en una época como la nuestra, cuando la creciente complejidad de la vida apenas si nos deja espacio para leer...” Es curioso. Podemos imaginar, tras esta frase, a algún filósofo actual, o alguna campaña para el fomento de la lectura, y sin embargo la escribe Proust en este segundo volumen de À la recherche. La apreciación, tan a la orden del día, también resulta algo hilarante, pues el hombre de hoy (tras los potentes cambios de costumbres, las novedades tecnológicas, científicas, etc.) puede encontrar algo cómica -y casi moco de pavo- la presunta complejidad en el año 1919 de una vida que, como ya apuntaba el escritor francés, no ha cesado de aumentar en complejidades con los años, y aun de forma acelerada en las últimas décadas. Si leyeran este párrafo dentro de cincuenta años, por otra parte, con toda probabilidad también se reirían de la “complejidad” de los tiempos que hoy vivimos, pues el proceso de tecnificación se antoja exponencial e irrevocable.

A Proust, uno de los autores impepinables del siglo XX, se cuenta que acostumbraron a llamarlo, durante toda su vida, el pequeño Marcel. En A la sombra de las muchachas en flor continúa con su retrato de la alta sociedad francesa, en la que nació. Atento a los pormenores y sutilezas de las relaciones humanas de su entorno aristocrático, las relata con agudeza y un discurso muy ordenado, tendente a la frase larga, que interrumpen paréntesis y puntualizaciones para luego continuar, ramificándose o no, hasta hacer puerto en el siguiente punto. En busca del tiempo perdido es uno de esos libros, para paladares reposados y exquisitos, que se recomienda leer con tranquilidad, en sitio silencioso, pues requiere una concentración tal vez difícil de encontrar en el metro o con la tele puesta. Pese a sus trozos tirando a plúmbeos, la escritura de Proust revela una lucidez que contribuye a que no nos sintamos, mientras lo leemos, perdiendo el tiempo, por jugar con el título general del libro, y contiene fragmentos de una gran brillantez.

Me acuerdo de 2666 de Roberto Bolaño y me pregunto si hay algún eco proustiano en que titulara los distintos libros que lo componen arrancando con "La parte de..." Tal vez sean figuraciones mías, que revelarían por otra parte el afán crítico por compararlo casi todo (casi todo lo que se quiere ensalzar) con Proust (véase el parangón establecido entre En busca del tiempo perdido y Mi lucha, los seis tomos en torno a la vida del noruego Knausgard, que aun habiendo leído solo el primero tomo me parece una obra de diferente pelaje, aunque guarde similitudes superficiales).

La traducción que he manejado es la de Pedro Salinas, para la editorial Alianza. Otra más actual es la que realiza, en Lumen, Carlos Manzano. Espero continuar con esta lectura, cuyo tercer volumen, El mundo de Guermantes, me espera. Los siguientes títulos de la serie son Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado.

Algunas píldoras:

"La idea que hemos tenido formada por mucho tiempo de una persona nos tapa los oídos y nos nubla la vista".

"Los viejos asombran por lo viejos, los reyes por lo sencillos y los provincianos por lo bien enterados".

"Lo único que yo sacaba en claro es que el repetir lo que todo el mundo piensa no era en política un signo de inferioridad, sino de superioridad".

"Y en fin de cuentas, esto de acercarse a las cosas y personas que desde lejos nos parecieron bellas y misteriosas, lo bastante para darnos cuenta de que no tienen ni misterio ni belleza, es un modo como otro cualquiera de resolver el problema de la vida; es uno de los métodos higiénicos que podemos elegir, no muy recomendable, pero nos da cierta tranquilidad para ir pasando la vida y también para resignarnos a la muerte, porque como nos convence de que ya hemos llegado a lo mejor y de que lo mejor no era una gran cosa, viene a enseñarnos a no echar nada de menos".

21 de marzo de 2017

Hondonada



HONDONADA

Quisiera a veces yo saber por qué
de tan súbita forma me atardezco
y dura la oscuridad varios días
como si me exiliara a Reikiavik 
en invierno (pero sin que sepamos 
cuándo la luz de nuevo).
Sangran los hemisferios cerebrales,
dolor solo segregan. Sin que aprendan a andar
fallecen varias abatidas treguas.
¡Belleza huidiza, ya no te veo!
Ni amar puedo nada ni ver al otro
ni a mí mismo siquiera.
No hay manera eficaz de amanecerse.

                                                                         2016

19 de marzo de 2017

Lo fatal

El mar de hielo (1824), de Caspar David Friedrich


LO FATAL

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

RUBÉN DARÍO, Cantos de vida y esperanza (1905).

7 de marzo de 2017

Fuera de lugar

Martin Reisch


A veces se repite uno una frase hecha y no tarda en desautomatizarla, como parecían pedir en su época los formalistas rusos, y encontrarla extraña. Fuera de lugar, por ejemplo.
Fuera-de-lugar. Fuera de lugar. Fuera de lugar.
Inconcebible para nuestra mente limitada algo fuera del espacio, por mucho que uno se lo repita. Debe de ser algo parecido a cuando se está muerto (si no se cree en la otra vida, claro). Uno, me refiero a cuando ya no quedan cenizas ni restos mortales, está ya fuera de lugar, porque no está.
Aunque…, recuerdo haber leído, en un libro de divulgación científica, que después de morir, equis tiempo después, los átomos que componen nuestro cuerpo, o algunos de ellos al menos, pueden reestructurarse y viajar para pasar a integrarse en otros materiales de este mundo, en la hoja de un árbol, por poner un ejemplo optimista.
La idea puede resultar hermosa, formar parte de algo, no en el más allá sino en este mundo, una vez se ha dejado de existir.
También aludía, el autor del libro, a esos mismos átomos antes de apelotonarse en nuestro ser, y planteaba la posibilidad (por no decir que lo aseguraba) de que hubieran pasado por varias estrellas y formado parte de miles de organismos antes de llegar a donde ahora, a nuestros dedos, por ejemplo, tecleando estas palabras. O a nuestros globos oculares, pasando la vista por ellas. 
Fuera de lugar también puede considerarse, según quien lo lea, este párrafo, o algunas de las ideas u opiniones en este blog vertidas. Y fuera de lugar puede enclavarse, estirando un poco la expresión, a quien se encuentra en un lugar aparte, lejos de donde se supone que la vida bulle, de los núcleos urbanos. También habrá quien diga que todo esto está, sí, fuera de lugar, pero ni mucho menos por las razones que aquí se consideran. Esta polivalencia me divierte.

2015

20 de febrero de 2017

En los sueños comienza la responsabilidad



El mundo de los sueños, por temporadas, me fascina. El que narro a continuación tiene visos de excepción, en tanto que en la lógica de la vigilia sigue manteniendo un sentido. Lo primero que recuerdo es la situación caótica en la que me veo envuelto. En el edificio donde me encuentro (de varias plantas, puede que más de veinte) ha tenido lugar una explosión. Todos han comprendido que no será la única, y que la próxima (igual habría que hablar en plural: las próximas) es inminente. Así que la multitud corre despavorida, el pánico anida en el edificio. Me hallo intentando localizar a algunos familiares cuando reconozco al mismísimo presidente de Estados Unidos, junto a otras personalidades encorbatadas, entrando a un ascensor. Allá que acelero el paso para colarme dentro, poseído por la seguramente estúpida idea de que encontrarme junto a ellos aumenta de forma exponencial mis posibilidades de supervivencia.
De pronto, llega la esperada pero no por ello menos temida explosión. El epicentro es el ascensor en el que me encuentro y, antes de sentirme arder, despierto sin excesiva angustia. Con los ojos abiertos, en la oscuridad de la habitación, empiezo a recordar el sueño con una lucidez en nada embotada -más bien agudizada- por el despertar. Me pongo, por una vez, a repasar mi proceder (“en los sueños comienza la responsabilidad”, llegó a decir Yeats) y me siento un traidor por no haber seguido buscando a mi familia. Entrar al ascensor no cambió el desenlace, así que concluyo -y así lo anoto mentalmente para próximas ocasiones- que si uno está en peligro y tiene la posibilidad de elegir, uno debe siempre mantenerse al lado de los suyos, morir con los suyos.
Esto suena, ahora que lo pienso, a conclusión de persona habituada a vivir en zona bélica, y no en vano uno tenía muchos frentes abiertos por entonces, cuando soñó este sueño.

2014

11 de febrero de 2017

El albatros



EL ALBATROS

"Por divertirse, a veces, los marineros cogen
algún albatros, vastos pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
la nave que en amargos abismos se desliza.

Apenas los colocan en cubierta, esos reyes
del azul, desdichados y avergonzados, dejan
sus grandes alas blancas, desconsoladamente,
arrastrar como remos colgando del costado.

¡Aquel viajero alado qué torpe es y cobarde!
¡Él, tan bello hace poco, qué risible y qué feo!
¡Uno con una pipa le golpea en el pico,
cojo el otro, al tullido que antes volaba, imita!

Se parece el poeta al señor de las nubes
que ríe del arquero y habita en la tormenta;
exiliado en el suelo, en medio de abucheos,
caminar no le dejan sus alas de gigante."

Charles Baudelaire (1821-1867), Las flores del mal
Traducción de Luis Martínez de Merlo para Editorial Cátedra.

28 de enero de 2017

No decía palabras

Laura Stevens


"No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe."

Luis Cernuda