24 de abril de 2016

Fabulosas narraciones por historias




Escribía Carmen Boullosa refiriéndose a los infrarrealistas mexicanos:

"Eran el terror del mundo literario. Antes de comenzar mi primera lectura de poemas [....] me encomendé a Dios –en quien no creía por lo regular, pero a alguien tenía que pedírselo– para que por favor no fueran a aparecer los infras. [….] Me daba horror leer en público –me parecía que eso era realmente de payasos–, pero al temor de la tímida se pegaba el pánico del ridículo: los infras podían aparecer, irrumpir a media sesión y llamarme tonta (que vaya si lo era, no había conseguido armar un poema decente [….]). Ustedes [se dirige a Bolaño] estaban allí para convencer al medio literario de que no podíamos tomarnos en serio con lo que no era legítimamente serio, que en la poesía –desdiciendo el dicho chileno– de lo que se trataba era precisamente de aventarse a precipicios." (En Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquia, de Celina Manzoni).

En Fabulosas narraciones por historias, un grupo de jóvenes se dedica durante un tiempo al boicoteo cultural, a reventar conferencias y tertulias en la época del apogeo de la Residencia de Estudiantes. Al contrario que en el texto citado, los vanguardistas no son aquí (en la novela) los pirómanos culturales sino sus víctimas.

Comparten trama una serie de personajes reales (Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna, José Moreno Villa, Vicente Huidobro...) y otros creados (los amigos Santos, Patricio, Marcelino, Martiniano -sobrino de Azorín-...), alumnos de la Residencia que en una época determinada muestran su oposición a la preponderancia de los primeros. Patricio, sobrino de José María de Pereda, que aun muerto se le aparece para aconsejar al pariente letraherido, ansía publicar su primera novela, pero ve cerradas las puertas editoriales por no entrar en los esquemas de la moda imperante. Hablan, entre ellos, de la Residencia como una "herramienta de propaganda cultural". 

En la Odisea y La Ilíada, si os acordáis, Homero aplicaba a los personajes epítetos que repetía cada vez que entraban en escena. Así, Ulises era siempre "fecundo en ardides", la Aurora "de rosáceos dedos", etc. Aquí ese recurso homérico se emplea como elemento cómico para subrayar, desde una perspectiva lúdica y desmitificadora, el endiosamiento de algunas personalidades de la época. De este modo, no podemos leer sino con cierto retintín que Juan Ramón Jiménez sea siempre el "exquisito poeta y refinado prosista", Federico García Lorca "el mejor intérprete del alma de Andalucía" u Ortega y Gasset "el incansable luchador por la europeización cultural de España". El hecho de que la novela funcione como un conglomerado con referencias no al alcance del lector común (ese que -con perdón- admira a María Dueñas, Ildefonso Falcones, Luz Gabás o Dan Brown) puede tener el resultado paradójico de que este libro pueda aburrir a alguno cuando parece claro que, si se entra en su longitud de onda, el autor es, aparte de buen escritor, un cachondo mental.

Los elementos culturales aparecen, por otra parte, imbricados con los de serie B en una historia no exenta de crímenes, cuernos, traiciones, fragmentos pornográficos (cuánta carcajada con el consultorio sexual del Dr. Moore), escatológicos (véase el juego "Ojete Majete")... Conviven, en fiera compañía, lo culto y lo coloquial, el refinamiento y la brutalidad, en una intriga en torno, entre otras cosas, al cambio de paradigma literario producido con el auge de las vanguardias y el menosprecio al realismo, en una narración -fabulosa- de la Historia cultural y política de una parte del siglo XX en España.

En cuanto a las tertulias, se reflejan en la novela temas candentes en lo que a teoría de la literatura se refiere: el papel activo o pasivo del lector, la condición mimética de la literatura tradicional frente al arte puro que propugnaba Ortega, por ejemplo, en La deshumanización del arte, etc. Orejudo, filólogo de formación, conoce la materia de primera mano y se mueve con soltura, imaginación y admirable desparpajo en la caricatura, el comentario ingenioso y sarcástico.

El libro se estructura con diversos materiales dispuestos en fragmentos breves. En ocasiones se entrecomillan párrafos de obras, reales o imaginarias, en un procedimiento se diría que borgeano o vilamatiano. Tampoco pierde ocasión el autor para parodiar Rayuela (véase el personaje de María Catarata), con un toque final de perejil metanovelístico a modo de comentario acerca del propio libro que acabamos de leer (entre las críticas, por cierto, podía haber incluido el ¿anacronismo? de que a un personaje le gusten las pinturas de Zao Wou-Ki en los años veinte, cuando el artista chino aún no había comenzado su carrera).

Se cuenta que al Nobel onubense, entre otras cosas, le incordiaban sobremanera los ruidos, por lo que en determinado momento mandó insonorizar su habitación para no desconcentrarse en la construcción de su Obra. Contribuía, así, a que se le tildase de poeta aislado en la "torre de marfil", siguiendo la expresión de Rubén Darío. La anécdota se aprovecha para una broma cuando uno de sus enemigos comenta: "Aunque era sabido que le molestaban mucho los ruidos, el de los aplausos no parecía hacerle el más mínimo daño". Por una de las tertulias pulula un personaje que no lee; le da miedo:

"Porque los libros hacen lo que quieren con nosotros. La gente cree que lee lo que quiere y que opina lo que a su señora mente le da la real gana, pero no es así. Las novelas, las poesías, los periódicos, las revistas, todos los libros están llenos de trampas para obligarnos a sentir y a pensar lo que ellos quieren que sintamos y pensemos. Yo me quedo al margen."

Es sólo uno de la multitud de fragmentos que he marcado al margen. Entre burlas y veras, con prosa directa y rica, diría que se tratan temas de hondo calado. 

Fabulosas narraciones por historias, primera y magnífica novela de Antonio Orejudo (Madrid, 1963), vio la luz en Lengua de Trapo (luego la reeditaría Tusquets) en 1996. Cuatro años después llegaría la célebre Ventajas de viajar en trenReconstrucción (la única que me falta por leer) se publicó en 2005. Un momento de descanso en 2011. Si no me fallan las cuentas, cuatro novelas en veinte años. No se prodiga mucho Orejudo. O no tanto como a algunos nos gustaría, pues leerlo se nos antoja una gozada. A día de hoy, uno de mis referentes indispensables en lo que a escritores españoles vivos se refiere.


Portadas, para alguno puede que disuasorias, de la novela.

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