24 de marzo de 2017

En busca del tiempo perdido: 2, "A la sombra de las muchachas en flor"



Últimamente comento pocos libros. No tenía muy claro qué hacer con este, pero vi que aconsejaban un tema viral como método infalible para atraer visitas y me dije, he aquí la solución: En busca del tiempo perdido. Proust y su obra magna en siete tomos, ya se sabe, es el tema estrella de conversación en bares, salas de espera y fruterías. La comidilla de cualquier hijo de vecino. 

Mi modo de leer esta obra autobiográfica, considerada una de las cumbres del siglo XX, probablemente sea un ejemplo de lo que no se debe hacer, pues hará cuatro años que leí el primer volumen, Por la parte de Swann. Un acercamiento, pues, disperso y poco metódico. Quizá se deba a que "en una época como la nuestra, cuando la creciente complejidad de la vida apenas si nos deja espacio para leer...” Es curioso. Podemos imaginar, tras esta frase, a algún filósofo actual, o alguna campaña para el fomento de la lectura, y sin embargo la escribe Proust en este segundo volumen de À la recherche. La apreciación, tan a la orden del día, también resulta algo hilarante, pues el hombre de hoy (tras los potentes cambios de costumbres, las novedades tecnológicas, científicas, etc.) puede encontrar algo cómica -y casi moco de pavo- la presunta complejidad en el año 1919 de una vida que, como ya apuntaba el escritor francés, no ha cesado de aumentar en complejidades con los años, y aun de forma acelerada en las últimas décadas. Si leyeran este párrafo dentro de cincuenta años, por otra parte, con toda probabilidad también se reirían de la “complejidad” de los tiempos que hoy vivimos, pues el proceso de tecnificación se antoja exponencial e irrevocable.

A Proust, uno de los autores impepinables del siglo XX, se cuenta que acostumbraron a llamarlo, durante toda su vida, el pequeño Marcel. En A la sombra de las muchachas en flor continúa con su retrato de la alta sociedad francesa, en la que nació. Atento a los pormenores y sutilezas de las relaciones humanas de su entorno aristocrático, las relata con agudeza y un discurso muy ordenado, tendente a la frase larga, que interrumpen paréntesis y puntualizaciones para luego continuar, ramificándose o no, hasta hacer puerto en el siguiente punto. En busca del tiempo perdido es uno de esos libros, para paladares reposados y exquisitos, que se recomienda leer con tranquilidad, en sitio silencioso, pues requiere una concentración tal vez difícil de encontrar en el metro o con la tele puesta. Pese a sus trozos tirando a plúmbeos, la escritura de Proust revela una lucidez que contribuye a que no nos sintamos, mientras lo leemos, perdiendo el tiempo, por jugar con el título general del libro, y contiene fragmentos de una gran brillantez.

Me acuerdo de 2666 de Roberto Bolaño y me pregunto si hay algún eco proustiano en que titulara los distintos libros que lo componen arrancando con "La parte de..." Tal vez sean figuraciones mías, que revelarían por otra parte el afán crítico por compararlo casi todo (casi todo lo que se quiere ensalzar) con Proust (véase el parangón establecido entre En busca del tiempo perdido y Mi lucha, los seis tomos en torno a la vida del noruego Knausgard, que aun habiendo leído solo el primero tomo me parece una obra de diferente pelaje, aunque guarde similitudes superficiales).

La traducción que he manejado es la de Pedro Salinas, para la editorial Alianza. Otra más actual es la que realiza, en Lumen, Carlos Manzano. Espero continuar con esta lectura, cuyo tercer volumen, El mundo de Guermantes, me espera. Los siguientes títulos de la serie son Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado.

Algunas píldoras:

"La idea que hemos tenido formada por mucho tiempo de una persona nos tapa los oídos y nos nubla la vista".

"Los viejos asombran por lo viejos, los reyes por lo sencillos y los provincianos por lo bien enterados".

"Lo único que yo sacaba en claro es que el repetir lo que todo el mundo piensa no era en política un signo de inferioridad, sino de superioridad".

"Y en fin de cuentas, esto de acercarse a las cosas y personas que desde lejos nos parecieron bellas y misteriosas, lo bastante para darnos cuenta de que no tienen ni misterio ni belleza, es un modo como otro cualquiera de resolver el problema de la vida; es uno de los métodos higiénicos que podemos elegir, no muy recomendable, pero nos da cierta tranquilidad para ir pasando la vida y también para resignarnos a la muerte, porque como nos convence de que ya hemos llegado a lo mejor y de que lo mejor no era una gran cosa, viene a enseñarnos a no echar nada de menos".

21 de marzo de 2017

Hondonada



HONDONADA

Quisiera a veces yo saber por qué
de tan súbita forma me atardezco
y dura la oscuridad varios días
como si me exiliara a Reikiavik 
en invierno (pero sin que sepamos 
cuándo la luz de nuevo).
Sangran los hemisferios cerebrales,
dolor solo segregan. Sin que aprendan a andar
fallecen varias abatidas treguas.
¡Belleza huidiza, ya no te veo!
Ni amar puedo nada ni ver al otro
ni a mí mismo siquiera.
No hay manera eficaz de amanecerse.

                                                                         2016

19 de marzo de 2017

Lo fatal

El mar de hielo (1824), de Caspar David Friedrich


LO FATAL

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

RUBÉN DARÍO, Cantos de vida y esperanza (1905).

7 de marzo de 2017

Fuera de lugar

Martin Reisch


A veces se repite uno una frase hecha y no tarda en desautomatizarla, como parecían pedir en su época los formalistas rusos, y encontrarla extraña. Fuera de lugar, por ejemplo.
Fuera-de-lugar. Fuera de lugar. Fuera de lugar.
Inconcebible para nuestra mente limitada algo fuera del espacio, por mucho que uno se lo repita. Debe de ser algo parecido a cuando se está muerto (si no se cree en la otra vida, claro). Uno, me refiero a cuando ya no quedan cenizas ni restos mortales, está ya fuera de lugar, porque no está.
Aunque…, recuerdo haber leído, en un libro de divulgación científica, que después de morir, equis tiempo después, los átomos que componen nuestro cuerpo, o algunos de ellos al menos, pueden reestructurarse y viajar para pasar a integrarse en otros materiales de este mundo, en la hoja de un árbol, por poner un ejemplo optimista.
La idea puede resultar hermosa, formar parte de algo, no en el más allá sino en este mundo, una vez se ha dejado de existir.
También aludía, el autor del libro, a esos mismos átomos antes de apelotonarse en nuestro ser, y planteaba la posibilidad (por no decir que lo aseguraba) de que hubieran pasado por varias estrellas y formado parte de miles de organismos antes de llegar a donde ahora, a nuestros dedos, por ejemplo, tecleando estas palabras. O a nuestros globos oculares, pasando la vista por ellas. 
Fuera de lugar también puede considerarse, según quien lo lea, este párrafo, o algunas de las ideas u opiniones en este blog vertidas. Y fuera de lugar puede enclavarse, estirando un poco la expresión, a quien se encuentra en un lugar aparte, lejos de donde se supone que la vida bulle, de los núcleos urbanos. También habrá quien diga que todo esto está, sí, fuera de lugar, pero ni mucho menos por las razones que aquí se consideran. Esta polivalencia me divierte.

2015

20 de febrero de 2017

En los sueños comienza la responsabilidad



El mundo de los sueños, por temporadas, me fascina. El que narro a continuación tiene visos de excepción, en tanto que en la lógica de la vigilia sigue manteniendo un sentido. Lo primero que recuerdo es la situación caótica en la que me veo envuelto. En el edificio donde me encuentro (de varias plantas, puede que más de veinte) ha tenido lugar una explosión. Todos han comprendido que no será la única, y que la próxima (igual habría que hablar en plural: las próximas) es inminente. Así que la multitud corre despavorida, el pánico anida en el edificio. Me hallo intentando localizar a algunos familiares cuando reconozco al mismísimo presidente de Estados Unidos, junto a otras personalidades encorbatadas, entrando a un ascensor. Allá que acelero el paso para colarme dentro, poseído por la seguramente estúpida idea de que encontrarme junto a ellos aumenta de forma exponencial mis posibilidades de supervivencia.
De pronto, llega la esperada pero no por ello menos temida explosión. El epicentro es el ascensor en el que me encuentro y, antes de sentirme arder, despierto sin excesiva angustia. Con los ojos abiertos, en la oscuridad de la habitación, empiezo a recordar el sueño con una lucidez en nada embotada -más bien agudizada- por el despertar. Me pongo, por una vez, a repasar mi proceder (“en los sueños comienza la responsabilidad”, llegó a decir Yeats) y me siento un traidor por no haber seguido buscando a mi familia. Entrar al ascensor no cambió el desenlace, así que concluyo -y así lo anoto mentalmente para próximas ocasiones- que si uno está en peligro y tiene la posibilidad de elegir, uno debe siempre mantenerse al lado de los suyos, morir con los suyos.
Esto suena, ahora que lo pienso, a conclusión de persona habituada a vivir en zona bélica, y no en vano uno tenía muchos frentes abiertos por entonces, cuando soñó este sueño.

2014

11 de febrero de 2017

El albatros



EL ALBATROS

"Por divertirse, a veces, los marineros cogen
algún albatros, vastos pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
la nave que en amargos abismos se desliza.

Apenas los colocan en cubierta, esos reyes
del azul, desdichados y avergonzados, dejan
sus grandes alas blancas, desconsoladamente,
arrastrar como remos colgando del costado.

¡Aquel viajero alado qué torpe es y cobarde!
¡Él, tan bello hace poco, qué risible y qué feo!
¡Uno con una pipa le golpea en el pico,
cojo el otro, al tullido que antes volaba, imita!

Se parece el poeta al señor de las nubes
que ríe del arquero y habita en la tormenta;
exiliado en el suelo, en medio de abucheos,
caminar no le dejan sus alas de gigante."

Charles Baudelaire (1821-1867), Las flores del mal
Traducción de Luis Martínez de Merlo para Editorial Cátedra.

28 de enero de 2017

No decía palabras

Laura Stevens


"No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe."

Luis Cernuda